Alcanzar la fachada de una librería cualquiera. Alguna de por el centro: Terán, Cervantes, La Fugitiva. Empujar despacio esas puertas que pesan más de lo esperado, a mitad de camino entre la cortesía y el pudor, como entrada solemne en el templo tras el tintineo de una flauta de pan en tubos metálicos y un par de acordes forzados en extraña progresión armónica medio azar medio enigma. Y acceder al carrusel de anaqueles y colores: libros, lomos, cubiertas, portadas, tamaños y letras. Hay en estos lugares un silencio tácito que no pertenece a nadie. Ni al librero ni a los autores ni a la Historia. Pero mucho menos al cliente, mitad lector mitad cliente. Si uno va a la zapatería le pide al dependiente un par de números de los verdes del escaparate y se los prueba. Si le están bien, los paga y se los lleva. Punto. Lo mismo en tantos otros sitios. Pero aquí no. Hay que tener mucha personalidad para echar un buen rato en la librería intentand...
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