Tampoco yo le dije el mío
Hoy es la primera noche después de siete años. Ya casi no sé si llevo aquí una tarde o la eternidad. Decidí hace tiempo contar las noches en lugar de los días. Ellos me condenan a la negrura; me castigan con la soledad. Quieren que olvide mi nombre. Y quizá lo han conseguido. No sé si seré capaz alguna vez de volver a hablar. En ocasiones balbuceo en sueños. Lo sé porque me despiertan aterrado de que amanezca otra mañana sin que toque su luz. Sin embargo la noche lo cambia todo. Me siento libre en su silencio. Sé que, al fin, yo soy como los demás: una especie incómoda, miedosa, retorcida, capaz todavía de albergar un sueño limpio de males, y también presa del peor de los terrores. Quiero ser dueño de mi existencia y me creo inmortal, porque ya nada me mata. Mis desvelos son mi delicia: me incorporo y escribo hasta que caigo rendido. Y así una y otra vez. Nunca vuelvo sobre lo escrito. Ni siquiera me preocupa que sea bueno. No, ya no. Eso fue antes. Necesito ...