La encina milenaria
A doscientos cuarenta kilómetros el dolor pesa menos. Se hace más llevadero. Pero también se vuelve más intenso. Cuesta más quitárselo de encima. Y aparece otro peso: el de la culpa. El de los silencios, los fracasos, las caídas, la impotencia del ayer y el desvelo súbito de un recuerdo imaginario en la noche más oscura de los sueños.