Incertidumbres
Alcanzar la fachada de una librería cualquiera. Alguna de por el centro: Terán, Cervantes, La Fugitiva. Empujar despacio esas puertas que pesan más de lo esperado, a mitad de camino entre la cortesía y el pudor, como entrada solemne en el templo tras el tintineo de una flauta de pan en tubos metálicos y un par de acordes forzados en extraña progresión armónica medio azar medio enigma. Y acceder al carrusel de anaqueles y colores: libros, lomos, cubiertas, portadas, tamaños y letras.
Hay en estos lugares un silencio tácito que no pertenece a nadie. Ni al librero ni a los autores ni a la Historia. Pero mucho menos al cliente, mitad lector mitad cliente. Si uno va a la zapatería le pide al dependiente un par de números de los verdes del escaparate y se los prueba. Si le están bien, los paga y se los lleva. Punto. Lo mismo en tantos otros sitios. Pero aquí no. Hay que tener mucha personalidad para echar un buen rato en la librería intentando acertar de veras. A veces el escrutinio del librero; otras el reloj, que nunca perdona. Casi siempre tu propia impaciencia por encontrar lo que buscas, y eso que casi nunca buscas nada en concreto: poesías de Renacimiento, biografías de Acantilado, los clásicos de Cátedra, las ediciones de Siruela y las nuevas Impedimenta. De repente, tú, que no venías a por nada, te lo quieres llevar todo.
Y ahora llega el plato fuerte: te dices a ti mismo que puedes elegir solo uno -eso o salir con la cabeza agachada, el rabo entre las piernas y un entrecortado y humillante hasta luego, gracias-, suprema sentencia que te genera una doble exigencia -elegir bien y elegir rápido- y que convierte un paseo de domingo en un concurso autoimpuesto a vida o muerte. Tras mucho transpirar, crees haber acertado de lleno dirigiéndote con un despistado y ridículo disimulo de principiante ladrón al mostrador a pagar. Tras deslizar tus dedos por algunos títulos al azar, sientes la llamada del destino que te fuerza a dejar el libro que habías elegido y cambiarlo por el penúltimo de los otros diez que habías descartado.
-Lástima no haberme traído el primero -te dices al llegar a casa-.
Y ahora llega el plato fuerte: te dices a ti mismo que puedes elegir solo uno -eso o salir con la cabeza agachada, el rabo entre las piernas y un entrecortado y humillante hasta luego, gracias-, suprema sentencia que te genera una doble exigencia -elegir bien y elegir rápido- y que convierte un paseo de domingo en un concurso autoimpuesto a vida o muerte. Tras mucho transpirar, crees haber acertado de lleno dirigiéndote con un despistado y ridículo disimulo de principiante ladrón al mostrador a pagar. Tras deslizar tus dedos por algunos títulos al azar, sientes la llamada del destino que te fuerza a dejar el libro que habías elegido y cambiarlo por el penúltimo de los otros diez que habías descartado.
-Lástima no haberme traído el primero -te dices al llegar a casa-.

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